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¿Cómo es posible que Pepiño llegara a Ministro de Fomento?

enero 20, 2011 By: administrador Category: Política

Esta es la pregunta que nos hacemos todos aquellos que pensamos, es decir, una exigua minoría. Las causas son variadas, veamos unas cuantas:

1. Lameculos. Las oligarquías de los partidos políticos trabajan para asegurarse el servilismo incondicional y la sumisión absoluta de sus subordinados. Quien llega arriba no quiere que nadie de abajo le cuestione su labor, es más, los pelotas están muy bien vistos entre la clase dirigente. Pepiño es un claro ejemplo de lameculos sumiso que entró con 16 años en el Psoe aunque incluso antes ya pertenecía al PSP de Tierno Galván. Se matriculó en derecho pero lo dejó rápidamente para “trabajar” en la secretaría de Organización del PSdeG-PSOE. Poco a poco y lamiendo los culos adecuados ahí le tenemos.

2. Asilo político. No hablo de disidencia, sino de todo lo contrario. Los partidos políticos dan asilo a chusma que de otro modo lo pasaría muy mal en la vida, primero porque su invalidez mental es manifiesta y segundo porque tendría que trabajar de verdad, cosa para la que está incapacitada este tipo de chusma por su parasitismo extremo. En un partido político con tal de que lamas los culos adecuados y tengas paciencia, tienes unas posibilidades muy ciertas de medrar. En el PSOE especialmente, pero también en el resto de partidos parlamentarios este efecto es evidente.

3. Manitas. No hablo de manitas de cerdo (que también). En los partidos políticos se da el caso común del “yo valgo pa´tóo”, tan pronto puedo ser Secretario de Organización, Ministro de Fomento, Ministro del Interior, Presidente del Gobierno, puedo hacer fotocopias, ser Subsecretario de Economía, Presidente de Aena… Da igual, resulta que con tal de tener el carnet del partido, las amistades adecuadas, haber comprado muchos favores, no tener escrúpulos ni moral y haber medrado pacientemente, ya se es válido para realizar cualquier función. Así nos va al resto.

4. Impunidad. Una sociedad que asiste sin escandalizarse y poner fin tajantemente a un estado de corrupción generalizado como el que vivimos, termina siendo, en primer lugar escéptica, y finalmente amoral. La porquería se extiende como una mancha de petróleo y lo invade todo, y es entonces cuando en vez de poner freno a la corrupción, la sociedad se hace cómplice y se produce el efecto “sálvese quien pueda” o, más castizo, “maricón el último”. Los controles a los políticos y al resto de la sociedad desaparecen, la corrupción y la compra de favores se vuelven generalizadas y en esta pocilga es donde mejor prosperan los parásitos de los partidos políticos.

Además la masa olvida fácilmente, y eso lo saben muy bien los sociólogos y sobre todo los políticos; así que ya tenemos el caldo de cultivo de la impunidad.

5. Imbecilidad y desinformación de la gente. “La democracia es cara” nos dicen, y nadie contesta “pues pongamos otro sistema más barato”. Cualquiera que cuestione el abuso de impuestos, la usura de los bancos, la financiación de los partidos políticos, la corrupción generalizada, la falta de libertad real, etc. automáticamente es calificado de “fascista”, término cajón-de-sastre en el que cabe todo. ¿Alguno de esos que utilizan el susodicho término ha leído la “Carta del Lavoro” de Mussolini? ¿verdad que no?. El término “fascista” como insulto proviene de los propagandistas comunistas y a mí me da mucho miedo cualquier imposición, cerebral o física, de los que llevan matados 150 millones de personas en el mundo.

Con llamar “fascista” a quien critica legítimamente la corrupción democrática ya tienen solucionada la papeleta. Y lo que es peor, la gente se lo traga.

6. Sin frenos. Como un coche sin frenos ruedan los políticos que no tienen unos jueces que les paren los pies. Este es el corolario de los puntos anteriores. La administración en general está podrida, y muy en particular el poder judicial. Los jueces actúan en su mayoría (honrosas excepciones las hay, por supuesto) como extensiones de su adscripción política, filtrando el mundo según el color de sus ideas y no de la justicia. Además, por muy íntegro que sea un juez en un principio, cuando todo lo que tiene alrededor es un lodazal, termina por, como decía antes, volverse en primer lugar escéptico y luego directamente amoral y trabaja en función de su interés personal y, sobre todo, para no “meterse en líos”. El Fiscal General del Estado lo nombra el Presidente del Gobierno y actúa como apéndice del Gobierno contra todo aquél al que conviene quitar de en medio. Pero sobre todo actúa de freno para salvaguardar la impunidad de los “amiguetes”.

Sólo en un sistema podrido hasta la médula puede haber llegado a Ministro, da igual de qué, un tipo como Pepiño Blanco. ¡Que Dios nos proteja!.

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